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Nota publicada en el libro “Asia en Argentina – Reconociendo historias y culturas propias”

Confeccionado en base a las conclusiones alcanzadas en la Jornada de Colectividades Asiáticas realizado en junio de 2012 en la sede del CARI

Editado por el CARI (Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales) en marzo de 2015:

 

LA COLECTIVIDAD JAPONESA EN LA ARGENTINA:

Nuevos desafíos.

Alberto César Onaha, miembro del Consejo Directivo de la Asociación Japonesa en la Argentina

 

 

En el año 2016 la Nación Argentina celebrará el bicentenario de su independencia, habrán pasado 130 años desde la llegada del primer inmigrante japonés a estas tierras y la Asociación Japonesa en la Argentina celebrará sus primeros 100 años de vida.

Los registros de la presencia de japoneses en estas tierras se remontan al año 1596, cuando en Córdova, provincia perteneciente al Virreinato del Perú, fue vendido un esclavo de 21 años de edad de origen japonés cuyo nombre era Francisco Xapón. Este, según la crónica de la época,  logró su libertad mediante un juicio que inició en el año 1598, desconociéndose posteriormente su paradero.

Tres siglos después, en el año 1873 una troupe nipona de malabaristas de circo llamada Satsuma, que se encontraba de gira por los Estados Unidos, decidió dirigirse al sur del continente y visitó la Argentina actuando en el teatro Colón. Según versiones recogidas por el periodista Takeshi Ehara del periódico local Akoku Nippo, este grupo se disolvió y uno de sus integrantes se habría quedado residiendo en el país.

Refuerza la veracidad de esta versión un afiche aparecido en 1889 promocionando el circo de Pepe Podestá en el que aparece el nombre de un malabarista japonés de nombre Franco Olimachi.

Posteriormente en 1892,  se menciona a Franco Olimachi como testigo en el acta de matrimonio de Kinzo Makino con Amalia Rodríguez, se especifica su origen japonés y que cuenta con 36 años de edad. Todo hace suponer que se trata de la misma persona.

Kinzo Makino es considerado oficialmente como el primer inmigrante nipón en la Argentina. Tripulante de un buque británico que naufraga frente a las costas de Mar del Plata, éste ingresa al país en 1886. Se desconoce si por el puerto de Buenos Aires o el de Bahía Blanca, luego de una estadía en Buenos Aires, se sabe que se radica en Córdoba y que por su conocimiento del idioma Inglés, trabaja como maquinista en el Ferrocarril Central Argentino. Se casa con Amalia Rodríguez, de origen francés con quien tiene tres hijos, un varón y dos mujeres. Vive el resto de su vida en Córdoba.

En febrero de 1898 se firma el “Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre el Imperio del Japón y la República Argentina”,  y a fines de 1899  el buque escuela de la Armada Argentina “Presidente Sarmiento” hace escala, por primera vez, en varios puertos japoneses.

En Setiembre de 1900 arriban al puerto de Buenos Aires Yoshio Shinya, de 16 años y Chujiru Toriumi de 13, a bordo de la Fragata Sarmiento. Se habían embarcado como camareros con el consentimiento de sus respectivos padres. Estos jóvenes son los primeros inmigrantes oficiales, luego del inicio de las relaciones bilaterales signadas en el Tratado de amistad de 1898.

Años más tarde Shinya sería uno de los fundadores de la Asociación Japonesa en la Argentina,  siendo presidente de la misma en 1927.

Todos estos casos comentados  fueron producto de situaciones circunstanciales e individuales  que no marcaron una tendencia inmigratoria, como sí existiría a partir de los primeros años del siglo XX. El censo nacional de 1895 indicaba la existencia de 10 ciudadanos japoneses en todo el país. En 1904 la cifra era de 14, en 1914 el censo señaló 1007 personas, en 1920, 2383 y en 1929, 3888, sobre una población total del país de 10.672.000 habitantes.

A grandes rasgos,  podemos dividir la corriente migratoria japonesa a nuestro país en dos épocas con características motivacionales distintas: una previa a la Segunda Guerra Mundial y otra a posteriori de ésta.

A fines del siglo XIX y principios del XX,  el principal país de destino de los inmigrantes japoneses era Estados Unidos (fundamentalmente el estado de Hawai y la costa oeste del continente), pero a partir de la discriminación racial sufrida, los escollos que la administración estadounidense imponía y el clima anti oriental que se estaba formando en el seno de la sociedad americana fueron elegidos otros lugares a donde dirigirse, especialmente a América del Sur. Fueron escogidos preferentemente Brasil y Perú; la Argentina nunca fue un país primigeniamente considerado.  Tanto en Brasil como en Perú la inmigración fue directa y oficialmente convenida entre las instituciones del país de destino y las personas interesadas, éstas y sus familias viajaban a un destino cierto y generalmente con contratos de trabajo ya acordados.

En cambio, la Argentina fue un receptor indirecto de una re inmigración proveniente de esos países ya sea por no haber satisfecho las expectativas iniciales de los inmigrantes o por encontrarse con situaciones laborales no pactadas y que en algunos casos rayaban con la esclavitud.

La situación económica de nuestro país era floreciente y las posibilidades de trabajo bien pago eran ventajosamente más alentadoras y accesibles que en los países vecinos. Es así que comenzaron a llegar contingentes de japoneses provenientes de Brasil y Perú que escapaban de sus destinos originales. A ello hay que agregar los que llegaron directamente desde Japón en forma independiente,  sin contrato previo de trabajo y sin apoyo ni del gobierno japonés ni del argentino, simplemente a “hacerse la América”.

Existen infinidad de anécdotas de viajes cuasi novelescos, en los que atravesaban las selvas Amazónicas o del Mato Grosso, escapando de las plantaciones que los había contratado, rumbo al sur para ingresar a la Argentina por Misiones, Chaco, Formosa o Corrientes. O de personas que viajando precariamente, pasaban de Perú a Chile para luego cruzar la Cordillera de los Andes a pie, logrando entrar a nuestro país por Mendoza.

Toda esta corriente migratoria no tenía la intención de radicarse definitivamente en nuestra tierra,  sino que su plan original era el de ganar el suficiente dinero como para retornar triunfantes a su lugar de pertenencia, con el capital suficiente que les permitieran un mejor estándar de vida.

Este fue el objetivo compartido por casi todas las corrientes migratorias europeas que en el mismo período comenzaron a poblar gran parte del territorio argentino.

A todo ello debemos agregar que también habían arribado al país proveniente del Japón, comerciantes y funcionarios de empresas japonesas que comenzaban a establecer sucursales en el país. Estos no formaron parte de la corriente migratoria pero sí tuvieron amplia participación en las actividades que comienza a desarrollar la colectividad japonesa en la Argentina.

Gran parte de los primeros inmigrantes se concentraron en Buenos Aires en la zona de la Boca y Barracas y fueron contratados los varones, por los talleres, herrerías, fábricas metalúrgicas o en frigoríficos de la zona y las mujeres, en establecimientos textiles, fundamentalmente en la Fábrica Argentina de Alpargatas.

Algunos inmigrantes comenzaron a conchabarse en el servicio doméstico siendo empleados como mucamos, cocineros o choferes de las aristocráticas familias de la alta sociedad y otros, a ser contratados como mozos en la cadena de bares Paulista, cuyo dueño decidió solicitar personal de ascendencia japonesa admirado por su honestidad y laboriosidad. Esto hizo que posteriormente muchos comenzaran a independizarse abriendo sus propios emprendimientos. Curiosamente comenzaron a instalarse bares de propietarios japoneses en todas las grandes ciudades del país.

También, empiezan a funcionar las primeras tintorerías y se van asentando familias dedicadas a la horticultura y a la floricultura, fundamentalmente en el conurbano de Buenos Aires y en algunas provincias del interior.

La diferencia idiomática, más que las costumbres diferentes, fue una gran barrera a superar y se cree que ello fue uno de los motivos del vuelco de la colectividad a estos menesteres. Esta hipótesis se funda en que estas actividades requerían la utilización de un escaso léxico para su desarrollo, por lo tanto la exposición al trato con los occidentales se reducía a un escaso dialogo mínimamente necesario.

Es durante este periodo que van naciendo distintas instituciones, al seno de la colectividad. En un principio fueron aglutinando a los inmigrantes por su lugar de origen “Ken jin kai” (1). Así nace la asociación más antigua, Kagoshima ken jin kai, que nucleaba a los residentes originarios de esa prefectura del Japón. Esta es la base de la posterior fundación de la Asociación Japonesa en la Argentina, en 1916.

También se nuclean por tipo de actividad desarrollada, como ser la Cooperativa de Horticultores, la Cooperativa de Floricultores Japoneses en la Argentina,  la Asociación de Choferes Japoneses de Automóviles en la Argentina, la Asociación de Tintorerías de los Japoneses en la Argentina. Se han encontrado algunos vestigios de la existencia de un Sindicato de Trabajadores Japoneses en la Argentina. Consecuentemente comienzan a surgir diversas Instituciones sociales y culturales y muchas Asociaciones Japonesas en las distintas provincias y ciudades importantes de cada una de ellas.

Bajo el ala de la Asociación Japonesa, en 1927, se funda la primera escuela de enseñanza de idioma Japonés que llega a convertirse en una escuela bilingüe dependiente del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública de la Nación, y supervisada por el Ministerio de Educación del Japón. Desafortunadamente la segunda guerra marcó el cierre de esta escuela bilingüe, que recién pudo retomar esa condición en la segunda década del 2000.

A pesar de ser una colectividad pequeña en su conformación, desarrollaba una amplia gama de actividades y existía un movimiento importante de circulación entre ambos países, ya que muchas familias enviaban a sus hijos nacidos en Argentina a realizar sus estudios en Japón,  preparándolos para el futuro retorno.

La problemática de la época tenía que ver con dilucidar cómo encarar la educación de los chicos y jóvenes y cómo conformar la relación con la sociedad Argentina, ya que el sentimiento general era el de estar atravesando una etapa transitoria hasta la vuelta a la Madre Patria.

Unos creían que era importante mantener el idioma, la cultura y las costumbres “a rajatabla”, considerando que era necesario no perderlas para estar preparados para la vuelta y reinsertarse naturalmente, sin sobresaltos.

Otros pensaban que había que “mimetizarse” y adoptar las costumbres del lugar, como una forma de acceder más rápidamente a la consecución del objetivo de formar un capital, por el cual habían venido a sacrificarse, de esta manera el momento de la vuelta parecía más cercano.

Mientras la colectividad, ya con 40 años en el país se debatía en esta dicotomía, el mundo se veía envuelto en el horror de la Segunda Guerra Mundial. Todos los paradigmas existentes hasta entonces cambiaron. Desaparecieron países y surgieron nuevas potencias. El mundo se dividió en dos, guerra fría de por medio y Japón pasó a integrar el núcleo de los países derrotados.

Este hecho político modificó radicalmente la vida de la colectividad japonesa y la ilusión de la vuelta al Japón comenzó a desdibujarse: lo que constituía un sentimiento de transitoriedad pasó a ser un hecho definitivo, residir en un lugar a 20000 km. de distancia del soñado regreso.

En lo doméstico e institucional fueron expropiadas los inmuebles de las organizaciones de la colectividad, muchos ciudadanos nipones debían presentarse en las comisarias para dar cuenta de sus actividades, no podía haber reuniones, ni actos ni festejos en los que se reunieran grupos de japoneses y muchas familias que quisieron continuar con la enseñanza del idioma a sus hijos realizaban reuniones clandestinas en casas particulares, convocando a profesores que impartían la enseñanza a grupos reducidos de alumnos para no llamar la atención.

A pesar de ello, en nuestro país los problemas sufridos por la colectividad fueron mínimos, casi nulos, comparados con lo acontecido en Brasil, Perú o los Estados Unidos, en donde llegaron a existir campos de concentración.

Afortunadamente en unos pocos años fueron devueltos los bienes expropiados y lentamente la Colectividad volvió a sus actividades normales,  ya con la idea de la permanencia definitiva en el país.

La miseria en la Patria devastada originó una segunda etapa de la inmigración: las personas que llegaban al país corridas por el hambre y la miseria veían a la Argentina como un lugar donde podrían revivir las esperanzas perdidas. Por otra parte, Japón alentaba la inmigración a terceros países ya que le era imposible alimentar a toda la población.

Okinawa fue, de todo el territorio japonés, el único sitio en el que se desarrollaron acciones bélicas. La población civil fue diezmada y por muchos años pasó a ser territorio administrado por los Estados Unidos dada la radicación de las bases militares. Por ende, fue el territorio más desprotegido, ya que no era tomado en cuenta en los planes de desarrollo, ni por el Japón ni por los EEUU.

Hasta el momento de la restitución de la soberanía al Japón en 1972, era la prefectura más postergada. Por ello, en la posguerra la mayor parte de la inmigración era oriunda de esa zona, a tal punto que en la composición de la Colectividad Japonesa en la Argentina por prefectura de origen, la okinawense abarcaba cerca del 70 % de la población nikkei (2) del país.

Ya con la idea del establecimiento definitivo las familias encararon como primordial la educación y formación profesional de los hijos era de suma importancia la concurrencia al colegio secundario y a la Universidad. Las décadas del 50, 60 y 70 fueron de pleno crecimiento económico y ascenso social, la colectividad comenzó a contar con profesionales universitarios de todas las áreas, las asociaciones sociales y culturales se multiplicaron por todo el país, comenzaron a desarrollarse otras actividades rentables más allá de las tintorerías, como la horticultura o la floricultura y se fueron asentando colonias agrícolas a lo largo de todo el país con la nueva inmigración ya oficialmente convenida entre ambos países.

Sin embargo, la bonanza económica de la colectividad estuvo muy atada a los vaivenes de las políticas del país y así como Argentina comenzó su deterioro económico a partir de la aplicación de políticas neo liberales en la década del 90, la colectividad también entró en crisis y surge el fenómeno “Dekasegi”(3), lo que implica la re inmigración inversa. Muchos jefes de familia emprenden el camino del desarraigo. Los hijos y nietos de inmigrantes viajan en una “vuelta” a la Madre Patria de padres y abuelos, esta vez no soñada.

Van en busca de los recursos que les permitieran saldar las deudas contraídas y otra vez con la esperanza de formar un pequeño capital que favoreciera acceder a un buen estándar de vida, en la vuelta a la Argentina.

En esta oportunidad, sin guerras de por medio, el destino quiso que muy pocos lograran el objetivo buscado. La gran mayoría se ausentó de sus familias por lustros y hasta por décadas, regresando al país casi en la misma situación de cuando se habían marchado, pero con muchos más años a cuesta;  inclusive en muchos casos, optaron por radicarse definitivamente en la tierra de sus antepasados con la consecuente división de la familia, “mitad aquí y mitad allá”.

Esto creó nuevos problemas sociológicos con familias desarmadas, con ausencias demasiado prolongadas de padres o de hijos, padres que no vieron crecer a sus hijos,  hijos que no pudieron contar con el cobijo paterno, abuelos japoneses que se quedaron en la Argentina mientras sus hijos Argentinos estaban trabajando en Japón, mujeres que se tuvieron que hacer cargo de hogares y negocios sin el conocimiento previo ni el alivio del esfuerzo compartido.

Desgraciadamente la colectividad no estaba preparada para esta problemática y resultó muy difícil contenerla y aliviarla. Hoy es todavía una deuda pendiente de difícil solución.

El fenómeno dekasegi, trajo aparejado una gran merma en la cantidad de nikkeis residentes en la Argentina. Se calcula que en su apogeo (las décadas del 60 y 70) la colectividad contaba con aproximadamente 50.000 personas que la conformaban, siendo hoy la población estimada, de 35.000 a 40.000 personas,  con el agravante  de que el segmento etario que emigró al Japón fue mayoritariamente el de entre  20 y 45 años, la edad ideal para trabajar.

Como consecuencia de ello gran parte de los eventos sociales, culturales y deportivos que desarrollaba la comunidad dejaron de realizarse por falta de participantes o de organizadores, ya que la mayoría de ellos había partido a trabajar al país de sus ancestros.

Algunas entidades desaparecieron y la gran mayoría redujo sus actividades al mínimo, con grandes dificultades económicas para su supervivencia.

Hoy, la gran mayoría de los que integramos la Colectividad Japonesa somos argentinos descendientes de japoneses, van quedando pocos “iseis” (4),  ya no hablamos de “niseis” (5),  “sanseis” (6) o “ionseis” (7),  hablamos de comunidad nikkei y como tal somos un grupo más, totalmente integrados al entramado social argentino.

A pesar de seguir siendo una comunidad de escasa población, nuestra presencia fue y es notoria en todos los ámbitos.

Hubo nikkeis detenidos desaparecidos de la última dictadura cívica militar, como así también hay militares nikkeis acusados de delitos de lesa humanidad, hay niseis ex combatientes de Malvinas. Estamos presentes en casi todos los estamentos sociales, profesionales, culturales y deportivos de esta sociedad, como argentinos totalmente comprometidos con la problemática nacional.

La Asociación Japonesa construyó en la década del 80 el Jardín Japonés y la Casa de Té de la Ciudad de Buenos Aires, que hoy forma parte del patrimonio cultural y turístico de la ciudad. Construcción que fue realizada como agradecimiento a la generosa hospitalidad del pueblo argentino a la inmigración japonesa.

Estamos en una época de grandes cambios, la revolución en las comunicaciones ha hecho un mundo más cercano en información y conocimiento, una comunidad como la nuestra está en permanente movimiento, pero nuevos desafíos se nos presentan y es imprescindible estar pendientes de ellos.

La inmigración, tal como la conocimos y describimos en los párrafos anteriores ya no existe. Al no haber corrientes migratorias las colectividades van cambiando su fisonomía, la mestización hace que se vayan perdiendo algunas costumbres y se vayan generando nuevas visiones. La preservación de costumbres, tradiciones y cultura van quedando en manos de expertos o de entusiastas admiradores que no han vivido la cotidianeidad de aquellas. Hoy la fusión es parte de nuestra vida diaria y cada vez se hace más difícil distinguir tradición de costumbre, o lo esencial de lo novedoso.

Por ello hoy es muy importante el papel que juegan los historiadores y cientistas sociales, es obligación de nuestra generación, investigar, hurgar, recopilar, buscar todo aquello que hace a nuestra primigenia raíz y su evolución, para  documentar, clasificar, guardar, preservar y difundir esa historia tan rica.

Es fundamental la contextualización, tanto de nuestra historia como del presente. Ya no hay acontecimientos domésticos, nacionales e internacionales que puedan analizarse como hechos aislados o que incumban a solo un sector social. Todo está de alguna manera, relacionado.

 

Un hecho catastrófico como el Tsunami de 2011, provocó una gran movilización de toda la colectividad japonesa con grandes muestras de dolor y acompañamiento de toda la sociedad

nacional, un desastre natural en las antípodas del planeta hizo que interactuaran japoneses y argentinos solidariamente unidos, y hasta la elección de la sede olímpica en la que participaba como candidata la ciudad de Tokio resultó ser movilizadora de la comunidad nikkei, como así también de la comunidad turca y española por Estambul o Madrid.

 

La solución de la deuda mantenida con el Club de París, no es solo un hecho político internacional su trascendencia económica hace que las empresas Japonesas puedan fondearse con sus casas matrices o con Bancos internacionales, y va a repercutir en la producción local de las mismas, a la vez que se van a destrabar proyectos de inversión como el “Paso Internacional Bicentenario” a través de la cordillera de los Andes. Estas concreciones, de alguna manera beneficiarán a los pocos o muchos nikkeis que estén vinculados a estos proyectos.

Además estas cuestiones traen aparejados flujos de técnicos en uno u otro sentido, participación de traductores, movimiento de las agencias de turismo, afluencia a los restaurantes japoneses, contactos con la colectividad japonesa local, y otras pequeñas intervenciones que una comunidad bien organizada puede aprovechar positivamente tanto en mejorar los lazos entre la población de los dos países, como  también para el crecimiento de la sociedad local.

 

La Argentina es un país donde el odio racial o religioso casi no existe, pero sí existe un preconcepto nocivo sobre estos temas. Un porcentaje de la sociedad posee cierto sentimiento antisemita y es generalizada la subestimación de inmigrantes de países vecinos como Bolivianos, Peruanos y Paraguayos, con relación a los inmigrantes orientales, los japoneses son generalmente bien vistos y respetados y en menor escala chinos y coreanos, pero difícilmente se los encuentre actuando en los círculos de decisión tanto estatales como privados o en las organizaciones sociales, salvo muy contadas excepciones.

 

Estos preconceptos nocivos son muy difíciles de erradicar en una sociedad acostumbrada a dar por cierto y generalizar estereotipos. El imaginario popular lamentablemente hace ver, a los judíos como personas “muy capaces” pero muy “amarretes” y “solamente interesadas en obtener ganancias”, a los bolivianos, peruanos y paraguayos se los visualiza como personas “sin formación” que solo son “aptos para las tareas manuales duras”, y es triste escuchar que se los acuse de “venir a quitar el trabajo” a los argentinos o de “aprovecharse de nuestros servicios sociales gratuitos”. También se suele decir que los japoneses, chinos y  coreanos “son muy inteligentes y honestos pero todo lo hacen solo entre ellos” o que  “carecen de la picardía para  moverse en los círculos de decisión”.

 

Lo sorprendente es que la realidad corre por otro andarivel: el judaísmo es parte integrante de la historia Argentina. El aporte, brindado en todos los ámbitos es ampliamente reconocido, la contribución al crecimiento del campo intelectual, artístico, político, social y deportivo es innumerable y es aceptado y admirado por todos más allá de la religión profesada.

 

La historia de nuestros países vecinos no se puede entender ajena a nuestra propia historia. Sus culturas y costumbres forman parte de la nuestra, nuestras economías están íntimamente ligadas, tenemos próceres comunes, luchas comunes y a pesar de las divisiones impuestas tenemos un destino común. Hoy vemos gran cantidad de inmigrantes de países vecinos engrosando la masa laboral de nuestro país. Inclusive se han conformado múltiples unidades económicas productivas

familiares en el ámbito de la horticultura, en talleres textiles y pequeñas empresas contratistas en la industria de la construcción.

 

Quizás las colectividades orientales sean las más invisibilizadas, dada la escasa significancia porcentual dentro del universo social nacional, y tal vez por las costumbres y tradiciones tan distintas suelen parecer exóticas y lejanas, considerándolas como algo más anecdótico y pintoresco que como una realidad a tener en cuenta.

 

Sin embargo los llamados “supermercados chinos” se convirtieron en un actor importante dentro de la cadena de comercialización de comestibles y artículos de la canasta familiar, compitiendo de igual a igual con las grandes cadenas multinacionales y colaborando con la contención de la inflación, dados su baja estructura de costos trasladada a los precios de venta, inclusive el Gobierno Nacional los ha incluido en la campaña de “Precios cuidados”.

 

El aporte de la comunidad Coreana se registra básicamente en el ámbito textil, es en ese rubro donde su inserción es muy fuerte por la gran cantidad de talleres y fábricas que se fueron estableciendo en los últimos años. El aumento en calidad y cantidad de los mismos trajo aparejado un crecimiento de la formalidad en su capacidad contributiva, tanto impositiva como social, además del incremento de una mayor demanda de mano de obra.

 

La colectividad japonesa es la de más antigüedad entre las comunidades orientales.

Es reconocida su importancia en el mercado floral y el hortícola, existiendo una gran cantidad de profesionales incursionando en todas las áreas y desde ya hace muchos años empresas japonesas forman parte del aparato productivo nacional. Una gran cantidad de pymes japonesas se radicaron en el país acompañando a las dos grande automotrices Toyota y Honda y esto ha originado un gran flujo de intercambio de hombres de negocios y de funcionarios argentinos y japoneses viajando hacia uno y otro lado.

 

Toda esta actividad social y económica desarrollada por las colectividades orientales significa también un importante aporte al crecimiento del PBI nacional, además de crear una comunicación

informal muy fuerte entre la Argentina y los países de origen. Sin embargo a la hora de las consideraciones, estas comunidades no son tomadas en cuenta en las grandes decisiones.

 

Como argentinos y dirigentes comunitarios descendientes de inmigrantes no tenemos que limitarnos solamente al mantenimiento de las tradiciones y culturas maternas sino también, en este mundo ya altamente globalizado, debemos buscar el crecimiento de nuestra nación y propugnar por lograr un mejor entendimiento con los países de nuestros antecesores.

 

Debemos convertir las diferencias culturales en factores de unión para un mejor conocimiento y entendimiento entre nuestros pueblos. Tenemos la obligación de hacer visibles a nuestras colectividades como engranajes de las cuestiones culturales, sociales y económicas del país y ser el canal natural de las relaciones no oficiales entre los Estados. Podemos contribuir a fomentar y aumentar el turismo, alentar el intercambio de estudiantes y generar la conexión entre las distintas universidades para un mejor desarrollo del saber científico, debemos conectar a las pymes de las distintas regiones como altos generadores de tecnología y empleo.

 

Son innumerables las posibilidades de participación, siendo su límite nuestro propio coraje y nuestros propios prejuicios. Nadie nos va a invitar a hacerlo y es ahí donde debemos cambiar la actitud pasiva mantenida hasta el momento por la activa de la militancia social. De esta manera contribuiremos enormemente no sólo al crecimiento de nuestras respectivas colectividades, que en definitiva es el crecimiento de la Argentina, sino además, al entendimiento entre pueblos tan distintos entre sí, en pos de la paz del mundo y de una vida mejor para sus gentes.

 

 

 

 

El término ken significa prefectura y jin kai significa reunión de personas, entonces la acepción seria reunión de personas de la prefectura….
Nikkei, este término abarca a la persona oriunda del Japón y su descendencia.
Dekasegi, significa persona que se dirige a trabajar a otro lugar, así se los denominaba a los nikeis de otros países que fueron a trabajar al Japón.
Isei, persona nacida en Japón o primera generación.
Nisei, primera generación fuera del Japón o segunda generación.
Sansei, en forma similar segunda generación fuera del Japón o tercera generación.
Ionsei, ídem tercera y cuarta respectivamente.

 

 

Bibliografía consultada

 

FEDERACION DE ASOCIACIONES NIKKEI EN LA ARGENTINA, “Historia del Inmigrante Japonés en la Argentina” período de preguerra. Buenos Aires 2004.
FEDERACION DE ASOCIACIONES NIKKEI EN LA ARGENTINA, “Historia del Inmigrante Japonés en la Argentina” período de posguerra. Buenos Aires 2006.
HIGA, MARCELO, “Tu cuna fue un conventillo” Periódico La Plata Hochi, Buenos Aires 2013.
GOMEZ, SILVINA, “La colectividad Japonesa en la Argentina: entre la invisibilidad y el obelisco. X Congreso Argentino de Antropología Social, Buenos Aires 2012.
PALMA MATURANA, PATRICIA “Indios del Xapón. Primeras migraciones japonesas al virreinato del Perú” Ponencia Primer Jornada de Estudios Japoneses- Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile 2008.
ONAHA, CECILIA, “Migración y población Japonesa, Revista Voces en el Fénix n° 21,

Buenos Aires 2012.